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Una fábula sobre las grandes preguntas existenciales

Hace muchos siglos, en un lugar en el que los mapas no recogen y en un tiempo donde la memoria no llega, vivió un viejo pescador. Hijo, sobrino y nieto de pescadores. Caronte fue bautizado, en honor a la leyenda de la laguna Estigia. Era el último de su linaje, pues fue incapaz de encontrar a una mujer que lo acompañase.

Caronte tenía una vida humilde y sencilla. Cada mañana, con la primera luz del alba, salía con su pequeño bote y su caña en busca de alimento para el día. Tres pescados era lo que necesitaba, ni uno más, ni uno menos. En ocasiones, conseguía su propósito en apenas un par de horas; en otras, se alargaba hasta el punto de acompañar al sol en su retirada; pero siempre, independientemente del resultado, esperaba paciente.

Ahora que se encontraba en el final de sus días, se preguntaba por el sentido de la vida, pues en aquella época alcanzar el medio siglo ya era toda una proeza. Cada jornada Caronte se repetía las mismas tres preguntas:

¿Quién soy?, ¿para qué he venido a este mundo?, y ¿qué ocurrirá cuando la muerte venga a buscarme?

No se sabe en qué momento de su biografía percibió en el reflejo de la laguna su rostro viejo y su cuerpo inclinado hacia la entropía, pero desde aquel día, se propuso indagar y preguntar a la naturaleza por esas tres cuestiones. Mientras se disponía a atrapar el primer pescado, se preguntaba “¿quién soy?”, cuando iba en busca de su segunda presa, reflexionaba “¿para qué he venido a este mundo?”, y en último lugar, tratando de hallar el tercer alimento, cavilaba “¿qué ocurrirá cuando la muerte venga a buscarme?

Así pasaron los días, las semanas y los meses, con apenas vestigios de la verdadera respuesta a aquellas preguntas. Caronte asumió, con la paciencia que lo caracterizaba, que se iría al otro mundo sin verlas resueltas. Hasta que por fortuna o por destino, por insistencia o casualidad, le llegó una gran pista.

El viejo pescador, diligente como cada mañana, acababa de subirse a la barca, acudiendo puntual a la cita con los primeros rayos del sol. En ese mismo momento, deslizando por debajo del agua, percibió una misteriosa luz dorada. “¿Qué será aquello?”, se preguntaba Caronte, mientras remaba detrás del objeto luminoso. La enigmática luz no iba muy deprisa, pues cuando el pescador fatigado dejaba de remar, esta parecía esperarlo. “¿Querrá decirme algo?, ¿será la luz que me lleve al otro mundo?, es posible que haya llegado mi despedida…”, mascullaba para sus adentros el viejo barquero.

La luz se detuvo, y Caronte finalmente pudo alcanzarla. Para sorpresa del anciano, salió a la superficie una extraña criatura. Efectivamente, desprendía luz dorada, pero su forma era muy similar a la de un lucio, esos peces alargados, de forma casi cilíndrica, con boca de pico de pato.

­ —¿Quién eres? — preguntó Caronte en voz alta pero temblorosa, inclinando su cuerpo hacia las aguas.

—Eso mismo te preguntas tú desde hace un tiempo, querido pescador— contestó el lucio dorado.

—¿Cómo sabes eso?, bueno… espera— Caronte se llevó las manos a la cabeza— ¡Un pez que habla! Definitivamente, estoy a las puertas del inframundo.

—Todavía no ha llegado el momento, amigo. Antes deberás recibir tres respuestas, todas ellas se encuentran en los rincones de esta laguna. Confía en tu intuición, ella te marcará el camino.

Acto seguido, el lucio dorado se sumergió y desapareció veloz como un destello. El viejo pescador no podía creer lo sucedido, pero con buena fe, decidió hacer caso de aquellas sabias palabras y emprender la búsqueda. No entendía muy bien qué era la intuición, pero imaginaba que, llegado el momento, lo descubriría. Sin apenas haber tocado los remos, la barca se orientó hacia una orilla de la laguna, allí, como único elemento de referencia, descansaba un sauce solitario.

Caronte remó decidido hacia aquel árbol, esperando que allí estuviera la primera respuesta. Jadeando, al fin llegó a las raíces sumergidas del sauce. Nunca se había percatado de la existencia de ese árbol solitario. Ni siquiera en todos los años que había vivido en aquellos parajes, pero imaginaba que siempre habría estado allí. De repente, algo chocó con la barca e hizo que esta se detuviese.

—¿Qué ha sido eso?, ¿fuiste tú lucio dorado? — preguntó Caronte, mientras se sujetaba al bote con las manos temblorosas.

No hubo respuesta, pero en su lugar una fina rama del sauce se inclinó hacia la barca y talló en la madera de la cubierta dos palabras.

¿Quién eres?

—¡Dios mío! Estoy perdiendo la cabeza. Un sauce que escribe.

Nadie contestó, pero la rama volvió a cimbrearse, como si quisiera señalar de nuevo la pregunta.

—No sé quién soy, por eso busco en esta laguna esas grandes respuestas. Ya estoy muy viejo para razonar sobre ello.

La rama del sauce que había tallado la pregunta se acercó al rostro de Caronte. Este hizo un amago de esquivarla, pero algo dentro de sí, le hizo calmarse. La rama se bifurcó en dos y cada una se apoyó con delicadeza en las sienes del pescador.

“Soy el principio y el final, el amanecer y el ocaso. Soy el águila y el lucio, el ratón y la culebra. Soy el viento que susurra y las aguas que se precipitan, el frío del invierno y el calor del verano. Yo Soy la respuesta a todas las preguntas habidas y por haber.”

Las ramas se separaron de la cabeza del anciano y como impulsado por las raíces del sauce, la barca de Caronte se dirigió de nuevo a la laguna. Jamás había experimentado algo así. Segundos atrás, el viejo había sido capaz de pensar a través de un árbol, y a su cabeza llegó la mismísima voz de la naturaleza. Sin haber salido del asombro, el pescador sabía que debía ir en busca de la segunda respuesta, pues de alguna manera, sentía que se le acababa el tiempo.

¿Para qué he venido a este mundo? — preguntó Caronte en voz alta mientras su barca se deslizaba lenta por la superficie de la laguna. El viejo buscó alguna señal, miró en el agua tratando de ver al lucio dorado, más nada ocurrió. El sol estaba en el punto más alto del cielo y eso indicaba el medio día.

En ese momento, un pájaro se posó al borde del casco de proa. Parecía una grulla, completamente blanca, salvo un collar de plumas escarlata y un moteado negro en la cabeza que simulaba un vistoso sombrero.

—¿Para qué vino al mundo el hijo, sobrino y nieto de pescadores? — graznó el pájaro.

Caronte ya estaba curado de espanto y apenas se sobresaltó, pues había hablado con un lucio y un sauce se había metido en su sesera.

—Señora grulla, desconozco el propósito de mi nacimiento. No protagonicé ninguna gesta como los grandes reyes o guerreros de la historia, ni siquiera pude contraer matrimonio para traer al mundo descendencia. Imagino que Dios, si es que existe, no tenía preparado para mí nada especial.

No solo los reyes forjan el mundo, humilde barquero. Hay batallas que no se libran a punta de lanza, ni todos los hijos están destinados a heredar el trono de sus padres.

—¿Cuál es mi destino entonces?

Aprender. Ese es el propósito de todos los mortales.

La grulla batió las alas y desapareció entre la bruma. Tan solo quedaba una última pregunta y una última respuesta. Ya estaba cayendo el sol y si se hacía de noche, Caronte sería incapaz de volver a casa; además no había capturado ningún pescado y se sentía hambriento. La temperatura descendió y con ella las fuerzas del anciano. Se tumbó en la barca tratando de coger aliento y energía para buscar la última pista. Las nubes bailaban en el cielo y cambiaban sus trajes azules por unos anaranjados, todas ellas vestidas de gala para la ceremonia de despedida del sol. Caronte comenzó a marearse, su vista naufragaba y un cosquilleo debilitante reptaba por su piel fina y arrugada.

¿Qué ocurrirá cuando la muerte venga a buscarme?”, se preguntaba.

De jovencito muchas veces lo atormentaron con el juicio final; los cuentos oscuros hablaban de un esqueleto vestido de negro que lo perseguiría en su último día; y las pesadillas le traían el crepitar de los fuegos del infierno. Cientos de miles de hombres y mujeres a lo largo y ancho del planeta tierra se habían hecho la misma pregunta, sin recibir una sola respuesta. Sin embargo, Caronte, como exclusivo privilegiado, parecía encontrarse a punto de descubrirla.

Me voy, esto se acaba”, susurraba con voz débil el viejo pescador. El corazón de Caronte tamboreaba sus últimos compases, sus ojos le cerraban las ventanas a la vida y sus oídos escuchaban campanas de despedida.

De las profundidades de la laguna surgieron centenares de lucios dorados y de los cielos descendieron millares de grullas blancas con collares escarlatas. Entre todos asieron la barca de Caronte para llevarla a los confines del mundo conocido, acercándolo a la delgada línea del horizonte donde el sol se pone y se despierta cada día. Mientras, un sauce solitario derramaba lágrimas agridulces, y su rama más diestra talló en su propio tronco una máxima:

«Ni el nacimiento fue el principio, ni la muerte será el final».

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